Carta a Don José

Como dice la canción "Cristo te de la vida y te reciba en su amistad"


Ya te vas Don José, ya tu cuerpo se cansó de luchar, hasta el final siempre, sin cuartel. Tú eras así, tenías esperanza y ganas de vivir, nunca jamás dejaste que tus circunstancias estuviesen por encima de tus obligaciones. Es de un arrojo y un valor admirable. Muchos en tu situación habrían tirado la toalla ante el primer desafío. Siempre contaste con nuestra diligencia. Sabías que mientras estabas convaleciente todo quedaba en buenas manos y nosotros lo dimos todo para estar a la altura de las circunstancias. Fueron unos años difíciles al principio, yo incluso llegué a temer en muchas ocasiones por tu vida. Es cierto que en estos diez años y pico que llevamos juntos hemos tenido nuestros más y nuestros menos. No miento si digo que en ocasiones en mi interior había unas ganas tremendas de echar a correr y olvidarme de tí y de la sacristía pero una parte de mí me decía quédate porque merece la pena, y no sólo por las "propinas" que en ocasiones recibía que aunque también , sinó porque sabía que desde la primera misa allá por finales del 2000 iba a nacer una conexión entre ambos. A decir verdad apenas recuerdo mis primeros encuentros contigo, yo apenas era un niño de 10 años pero sí tengo grabada la canción que cantábamos en el comienzo de la misa "Unha xuntanza de amor temos aquí, pois precisamos que Ti nos fales que Tí nos queiras, connosco vivas" y salíamos pidiendo a la Virgen que viniese con nosotros a caminar. La verdad que lo tuyo con la imagen de nuestra Virgen patrona fue amor a primera vista. Este amor por la Madre de Dios que irradiabas y que conseguiste transmitirme es el que te daba fuerzas para seguir adelante. Nosa naiciña do ceo.

Y es que es una década a tu lado, me has visto crecer, año tras año. Te desviviste porque siguiese tus pasos hacia el sacerdocio. Nadie mejor que tú o tu hermana sabe cuántos intentos hubo de transmitirme la vocación sacerdotal. No hubo suerte, esa batalla te la gané yo. Por un breve tiempo sentí la llamada al sacerdocio, pero yo estaba seguro que Dios tenía otros planes para mí. Los caminos del Señor son inexcrutables. De aquel trío de monaguillos (Óscar, Héctor y yo) que estrenamos los primeros hábitos con ilusión, pues era algo novedoso entonces el tener trajes de monaguillos, tan solo yo estuve contigo hasta hoy.  Bueno, y mi hermano, claro. 
Tiempo más tarde me dí cuenta de que así como tú eras exigente conmigo cuando empecé, con apenas 13 años yo lo fui luego con mi hermano. En cierto modo aleccionador pero aunque con broncas de cuando en vez siempre me mantuve firme en mi posición.
Y despues vinieron más y más cosas,las excursiones (aunque pocas) las fiestas del catecismo, las cenas de catequístas, las fiestas de verano, San Cristóbal, fiestas de Arra... Siempre con el petate de un lado para otro. Teníamos una relación quijotesca, yo era como el Sancho Panza, fiel escudero.
Y por no hablar de las reformas acontecidas en la iglesia; la tribuna, la restauración del altar, los bancos, iluminación, megafonía, la inauguración de la sede... Por lo menos una vez al año había alguna sorpresa, no querías que se te escapara nada.
Nunca tuvmos conversaciones excesivamente profundas, bastaba con un gesto, con una mirada, para saber qué estábamos pensando. Ni siquiera estos últimos meses hizo falta más, porque en el fondo yo sabía que te ibas y tú sabías que sin siquiera decirme nada era cierto. Por eso nunca te pregunté a lo largo de este tiempo cómo estabas. Resultaba frívolo, no era propio de nosotros. Después de tanto tiempo uno ya sabe ciertas cosas del otro. Definitívamente lo nuestro no era la comunicación verbal. No la necésitábamos.
Cuando entré en la Universidad dejé a mi hermano como responsable, yo quedaba de suplente. Recuerdo que el día en el que me fui a Santiago a empezar periodismo antes de marchar paré en la iglesia y pedí fuerzas para  la nueva etapa que comenzaba. En estos cuatro años pasaron muchas cosas interesantes. Llegó el blog parroquial. Estábamos entusiasmados y hasta salímos en el Diario de Pontevedra. Fueron los años más bonitos estos últimos de tu sacerdocio. Los seminaristas Rubén primero Manuel Generoso más tarde y ahora Paco hicieron una labor encomiable. Los tres vivieron junto a tí la enfermedad que te consumía y se admiraron de tu fuerza y de tu espíritu de lucha cimentada en una fuerte fe y amor por la vida y por tu tarea de sacerdocio.
Podría seguir escribiendo miles de anécdotas y miles de misas que compartimos durante casi una década.
Tantos y tantos momentos que se agolpan en mi memoria y que algún dia, quién sabe, plasmaré en un libro. 

Sé que de alguna forma me seguirás mirando desde donde estés. Siempre. Yo podré  hablarle de tí a mis nietos y les transmitiré cómo cuando tenía trece años fui monaguillo de Don José. Les hablaré de tí, de los responsos en el cementerio el día 1. De aquellas novenas de ánimas. De las procesiones de Santa Catalina. De las navidades de villancicos y Reyes Magos. Del blog y de tus ánimos por las nuevas tecnologías. De aquellas misas de 1 de enero sin ir a cama. Del día de las comuniones. De las fiestas de Corpus. De beatas. ..En definitiva, de muchas cosas.

Ya acabo Don José, no me quiero liar como Paco en sus sermones. Solo quería decirte en esta carta lo que nunca te dije en vida. En cierto modo es una despedida, pero con la sensación de que nos volveremos a encontrar en algún momento y en algún lugar de la otra vida. Quizás en mis sueños nos despidamos y nos deseemos suerte. Te recordaré con cariño, con nuestro modo de "cariño". Mañana despediré tu cuerpo para la eternidad y ya no te veré más. Perdona si en algún momento te fallé y te doy las gracias por convertirme en cierto modo en lo que hoy soy. Estoy en lo cierto que mi vida hubiese sido otra de no haber estado contigo. GRACIAS Y HASTA EL CIELO. HA SIDO UN PLACER SER TU SACRISTÁN.

David Leiro Magdalena
Diciembre 2013



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